La malaria cae en la red: así eliminan la enfermedad en Mozambique

El Mundo - 23 nov. 2017 02:55

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  • Un proyecto español quiere demostrar que se puede acabar con la enfermedad en algunos de los lugares con mayor incidencia del mundo

 

Foto: Brigitte Jordan

FOTO: Un niño sentado bajo un mosquitero en su casa,
en la ciudad de Xai Xai (Mozambique) - ALEXANDER JOE

 

 

 

Un proyecto español quiere demostrar que se puede acabar con la enfermedad en algunos de los lugares con mayor incidencia del mundo

En el pueblo de Chobela, en el distrito de Magude, el equipo sanitario que se ocupa de controlar la malaria se dirige a la casa 35302-02. Allí vive un caso positivo detectado el día anterior. Lleva dos días lloviendo y los caminos son ríos de barro con torrenteras de más de dos palmos de profundidad que ponen a prueba a los todoterreno, pero que no inquietan lo más mínimo a las decenas de niños que vuelven del colegio caminando. Al llegar al lugar, la casa es un conjunto de cabañas de cañas y barro con techos de cañizo. En Mozambique las llaman palhotas y es la construcción más habitual en cuanto te alejas 20 kilómetros de la capital. Allí no hay luz ni agua corriente. El número de la casa está pintado con spray en la puerta de la choza principal. Bajo un porche hecho de palos y uralita la familia se calienta junto a un fuego mientras uno de ellos canta y vocifera bebiendo de forma compulsiva de un recipiente de plástico amarillo.

- Bom dia.

- Bom dia. (Responden casi al unísono).

- Nos han dicho en Chobela que ayer fuisteis al centro de salud. ¿Quién es Gerlito José Maleiane?

La madre trae con la mano en el hombro a un niño de 14 años que descansaba dentro de la casa en una habitación sin mosquiteras que comparte con su hermano.

- ¿Cómo te encuentras?

- Bien.

¿Qué te pasaba?

- Me dolía la cabeza y tenía fiebre.

Su padre lo llevó el día anterior al centro de salud, una diminuta casa con una mesa y un par de sillas donde una voluntaria sin formación sanitaria atiende a la población de las dolencias más sencillas. Allí, la agregada -que así se llama este personal sanitario improvisado sobre el que descansa buena parte de la atención primaria en el país- le detectó la enfermedad mediante un test que te da el resultado en pocos minutos con apenas una gota de sangre. No es la primera vez que tiene malaria. Gerlito ya fue diagnosticado y medicado hace dos años. Ahora se encuentra un poco mejor. Ya ha tomado la primera de las tres dosis del antimalárico que le curará en unos pocos días.

El equipo de control que ha venido a verles a casa repite esa misma prueba a todos los familiares y amigos que hayan tenido contacto con Gerlito en los últimos días. Y todos los que den positivo en el parásito que causa la malaria serán medicados, aunque no hayan desarrollado los síntomas. Todos, excepto el hombre del vaso amarillo, el tío de Gerlito. Los gritos y su dialecto ininteligible incluso para su propia familia, no se deben sólo a la enfermedad mental que sufre.

- Él está todo el día con el chicanju, todo el año, el alcohol fue lo que le volvió loco, cuenta la madre de Gerlito.

Foto: Fumigación en Mozambique por la malaria

FOTO: Un mozambiqueño fumiga una casa en Matola Gare,
en las afueras de la ciudad de Maputo - JOAO SILVA

 

 

Evitar que se propague en los entornos donde se ha detectado, es la primera trinchera de un ambicioso proyecto que quiere demostrar que es posible eliminar la malaria en lugares donde se considera que la incidencia de la enfermedad es alta o muy alta. Esta enfermedad mata a más de 700.000 personas al año en todo el mundo y es la primera causa de mortalidad infantil en África.

El distrito de Magude tiene una población de 52.000 personas, no es muy numerosa para la extensión que abarca este rincón de Mozambique que linda con Sudáfrica. Apenas llega a siete habitantes por cada kilómetro cuadrado (la comunidad de Madrid tiene más de 800). Pero esa baja densidad unida a la enorme dispersión de un área rural dedicada en su mayoría a la caña de azúcar, la gran proliferación de mosquitos en estas zonas de cultivos y a las comunicaciones por caminos imposibles hacen que llegar a cada pequeña cabaña, a cada población remota, sea un trabajo titánico.

Reducción drástica

Pero llegar hasta el último rincón del distrito es indispensable si se quiere borrar del territorio la malaria por completo. Cuando comenzó la iniciativa, impulsada por el Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM) -que creó hace más de 15 años Pedro Alonso, el investigador español y padre de una de las vacunas que se están probando en la actualidad-, el distrito de Magude tenía un 9% de la población enferma de malaria y cerca de un 70% era portador del parásito aunque no hubiera desarrollado la enfermedad. Los últimos datos muestran que en pocos años se ha logrado reducir el número de enfermos al 1,6%.

El llamado Proyecto Maltem (siglas en inglés de Alianza Mozambiqueña para la Eliminación de la Malaria) ha sido impulsado por el Instituto de Salud Global de Barcelona y ha contado con el apoyo de la Obra Social 'La Caixa' con cinco millones de euros para el periodo completo de la iniciativa, que busca eliminar por completo la malaria en la zona en el año 2020. «Es posible que el proyecto sea exitoso y se demuestre que se puede eliminar la malaria de zonas de alta incidencia, pero no dependerá de una sola actuación, será a través de una conjunción de tratamiento y prevención», opina Regina Rabinovich, líder de la Iniciativa para la Eliminación de la Malaria del ISGlobal. «Sin embargo, aún no hemos llegado a eso», reconoce.

El camino no ha sido fácil. Todavía falta comprobar si se puede reducir aún más ese número de enfermos o incluso alcanzar la eliminación total. Pero, para lograr los resultados que vemos hoy sobre el terreno, se ha hecho un enorme esfuerzo económico y humano. Uno de los principales problemas con los que se encontraban los investigadores era la dificultad para tener datos fiables del número real de personas que hay en el distrito y la localización de las mismas en áreas rurales sin calles y sin numeración. El primero de los pasos fue realizar un censo -que se repite cada seis meses para disponer siempre de buenos datos- y numerar todas y cada una de las casas habitadas y geolocalizarlas. De ahí el número pintado con spray en la puerta de la choza de Gerlito. Así el equipo del CISM que mantiene a raya la enfermedad puede localizar y acceder de forma rápida hasta cualquier lugar ante la voz de alarma que les llega desde los puestos de salud que regentan los agregados.

Pero en la malaria no sólo hay que controlar la enfermedad, también hay que tener un ojo puesto siempre en los mosquitos. La malaria es una enfermedad causada por un parásito -llamado Plasmodium falciparum- que se trasmite de un ser humano a otro a través de los mosquitos del género Anopheles. Si no hay insecto, la malaria no se propaga. Así de sencillo. El problema es que sobre el terreno, no es nada sencillo.

Aunque fuese posible matar a todos los mosquitos de ese género o impedir que se reproduzcan -sólo las hembras pican y sólo cuando están madurando los huevos-, hay un problema ético de fondo: ¿Es lícito acabar con una especie para controlar una enfermedad cuando el mosquito sólo es el vector que ni causa ni padece la enfermedad?

Y el número de este insecto también supone una complicación en Magude. Las grandes plantaciones de caña de azúcar son el ambiente ideal para la cría del mosquito en superficies húmedas. Y este año con mayor facilidad. «Las impresionantes lluvias de la temporada han aumentado la cantidad de mosquitos y ocultan el efecto de la estrategia», dice Rabinovich.

Por eso un ejército de cerca de 500 personas se dedica a recorrer las pedanías convenciendo a la gente para que les dejen fumigar el interior de las casas. Los prejuicios y el hecho de que hay que sacar a la calle todos los efectos personales para aplicar el insecticida ponen cuesta arriba su trabajo. «Si se niegan a dejarnos entrar, les digo: si crees que no es bueno para ti, piensa que es bueno para tus hijos. Eso me suele funcionar», revela Gedeon, uno de los fumigadores.

Los mosquitos esconden algunas de las claves del éxito del proyecto. No se puede eliminar la malaria sin contar con este insecto. En el laboratorio mozambiqueño del CISM, Mara y Celso son las dos jóvenes promesas del centro que lo estudian. Se dedican a capturarlos en las casas de la gente -a veces capturan más de 300 en una misma choza de barro- y a estudiar si funcionan los insecticidas que se utilizan. Para ello los crían en pequeñas jaulas de tela en cámaras que rondan los 40ºC y comprueban que no están generando resistencias a los productos químicos. Pero el trabajo duro viene cuando hay que alimentarlos durante el periodo de cría. Cuando las hembras van a poner los huevos necesitan sangre humana. Así que uno de ellos se levanta la manga, introduce el brazo en la jaula y deja que le piquen hasta 500 veces en 20 minutos.

De vuelta a Magude, apenas se puede entrar en la sede del proyecto allí. Se están haciendo las entrevistas para contratar al segundo ejército que organiza el CISM cada año: el equipo de más de 300 personas que se ocupa de la administración masiva de la droga contra la malaria a toda la población del distrito. Un trabajo nada fácil y que se realiza dos veces cada año, puerta por puerta, vecino a vecino. Eso sí, siempre evitando que coincida con la temporada del licor chicanju.

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